El otoño es el principio de la época del año que más me gusta. Disfruto tanto cuando el reflejo del sol sobre la tierra se tiñe de dorados, los árboles pierden sus hojas y el viento frío golpea mi cara.
Los días entran como en una dimensión desconocida, amanece más tarde y oscurece más temprano.
Ir al súper y ver variedad de calabazas en venta y después toda la parafernalia de Halloween, me parece divertido. Mirar películas o series policiacas, thrillers, misterio, crímenes y algo de miedo, sin llegar al poltergeist, es un buen pasatiempo los sábados o domingos por la tarde.
Cuando comencé a estudiar sobre los Celtas y descubrí historias sobre ritos en Stonehenge que hablaban de los hombres sabios llamados druidas y sobre todo, los festejos del nuevo año, el culto por sus antepasados la noche de luna llena de lo que hoy vendría siendo el 31 de octubre y el festejo de la vida el día posterior, me pareció fascinante, y nada qué ver con la fiesta pagana y comercial que se ha tornado esta festividad anglo-sajona en los últimos 100 años.
Podría creer que esta inclinación proviene de mis ancestros. Mi bisabuelo fue un brujo blanco en el total sentido de la palabra. Hacía pócimas y embrujaba personas.
Yo nunca lo conocí. Pero según se sabe, huyó de Alemania porque se le pasó la mano en un embrujo, terminando –sin querer- con la vida de la víctima.
Jürgen Morgenroth zarpó en una embarcación con rumbo a América del Sur. De alguna forma que mis familiares no me han podido aclarar, llegó a Chile y ahí se casó con mi bisabuela. Tampoco tengo la información de cómo de Chile llegó a México, donde se estableció y donde se criaron mis tíos y mi abuelo materno. A quienes sólo conocí en fotos que mi mamá guardó en los álbumes familiares y de los cuales, conservo algunas imágenes.
No supe cómo falleció Jürgen, pero sí cómo falleció mi abuelo Jorge Morgenroth Romero. Una mañana, el corazón se le detuvo en la cocina de su casa en Guadalajara, frente a una de sus hijas, media hermana de mi mamá y a quien conocí hace unos años en Los Cabos.
A mi hermano y a mi siempre nos llamaron la atención las historias misteriosas. Lo relacionado con la ciencia ficción y a él en lo particular, la química. Él podría pasar horas haciendo experimentos en la casa cuando éramos pequeños.
Después de la noche de brujas donde pululan las damas feas vestidas de negro que se transportan con escobas, fantasmas blancos con cadenas que claman por la libertad de sus almas y uno que otro Belcebú desorientado, llega el Día de Muertos en México.
Una celebración que me parece harto espiritual. Pensar en que estas noches llegan nuestros seres queridos del más allá para estar con nosotros. Los abuelos que se han ido. Los papás, los hijos que jamás nacieron pero que llegaron a estar en el vientre de sus madres… los amigos, las mamás de las mejores amigas y uno que otro intelectual que tocó nuestra sensibilidad con su obra, haya sido escrita, plástica o lírica.
Los cementerios y las casas a lo largo del país se iluminan con las luces de velas encendidas entre el 1 y el 2 de noviembre. La fiesta de los muertos, nuestros muertos, se colorea con las figuras del papel picado y las flores de cempazuchitl. Los niños enloquecen con las calaveritas de azúcar, chocolate y amaranto y los jóvenes ríen con las escritas humorísticamente en verso. Todo esto con el copal y los altares, nos unen cada año con quienes se fueron antes al Mitlán y nos obligan a reflexionar una y otra vez sobre el año que está por terminar y nuestras vidas que aún siguen en el plano físico y que deberían trascender y no sólo ser una vida más en la faz de la tierra.
Después vendrá el tercer jueves de noviembre, cuando los estadounidenses festejan Acción de Gracias. En agradecimiento de todo lo sucedido en el año que sucumbe. Y en remembranza de la llegada de ingleses e irlandeses a las tierras del norte del continente americano.
El menú es una ofrenda también al haber tenido que adaptarse a nuevas formas de guisados a los que ellos estaban acostumbrados en su tierra de origen.
Adoptan la calabaza, y la ofrecen a Dios al ser, en Canadá , la única fruta que podrán cosechar en invierno. El pavo, los arándanos, los ejotes y los elotes, alimentos oriundos de la América a la que los inmigrantes adoptarían como la nueva patria.
Dice la tradición de Acción de Gracias que uno debe rodearse en la cena por familiares y amigos, pero también, dará buena fortuna compartir los alimentos con una pareja de extranjeros. En el caso de los inmigrantes entonces, “los extranjeros” eran los indios nativos de Canadá o los Estados Unidos. Ahora, los americanos que viven fuera de los EUA, lo harán compartiendo su cena con mexicanos, venezolanos, guatemaltecos o panameños.
Ya entrando diciembre, desde el primer día de mes comienza la cuenta regresiva para las últimas 5 semanas del año que empieza a cerrar sus ojos.
Las posadas en México y posteriormente la noche buena que he aprendido a disfrutar con la compañía de Patricio y el reencuentro de mi familia y mis amistades más allegadas.
El fin de año no me podría ser más significativo al cumplir yo misma un año más en pleno 31 de diciembre.
Pasear por el centro de la ciudad donde vivo, tomar ponche y ver la pirotecnia multicolor perderse en el cielo al compás de la campana de San Francisco, en el primer cuadro queretano. Caminar de vuelta a la casa y dormir en paz, con buena fe para escribir nuevas aventuras y reflexiones en las páginas blancas del destino y el nuevo año.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario