16.2.07

Hoy es un día nuevo...



Esta semana sucedió extraña. Comenzando el lunes y mi llegada a la Ciudad de México tras la convocatoria para formar parte de un mitín que finalmente no se concretó porque su organizador "se equivocó de fecha".
Tengo cuatro días acá en lo que terminó siendo una especie de retiro a caso necesario que me descubrió aspectos sobre mí que me temía pero que no tenía bien claros.
No sé por qué uno se empeña en volver a lugares que siente propios pero que en realidad ya no son de uno. Esto se acentúa cuando uno camina por las calles que creía conocer y que no son más como eran entonces.
Digamos que estamos hablando de un espacio de tiempo de 13 años más o menos.

Tampoco entiendo porqué uno quiere estar donde no la llaman más. Quiero decir, después de 10 años de vivir en una península cuyo mar se definió como el "acuario del mundo" por Jacqes Custeau, que es uno de los poco lugares en el mundo que aún mantienen zonas completamente pristinas como sus islotes e islas escondidas a lo largo del oceáno Pacífico y, tras año y medio de vivir en una quasi ciudad con todo las quasi ventajas que pueda ofrecerme en el centro del país...¡cotemplo la idea de irme a vivir al Distrito Federal!.
De verdad entre tanto viaje desde México a Bolivia, Argentina, Patagonia, Panamá y de regreso desde Mazatlán, Tepic, Guadalajara y finalmente mi destino; debí de haber perdido un tornillo...
Antiér tuve mi dósis en el metro (subte) desde Barranca del Muerto, transbordando por ¿tacuba? para Chilpancingo para salir hacia Insurgentes. No existe espacio físico en ningún momento. La gente colma el anden y colma los bagones y colma las escaleras... si uno tiene flojera de caminar, sólo se mete entre la gente y ésta lo lleva ¡sin costo alguno!. Creo que fue demasiado para mi esta experiencia. Como dice una conocida mía, "tuve mi ración de roce social" por hoy.
Curiosamente Insurgentes no estaba tan colmada como el "hormiguero" subterráneo de donde salí. Eso me dió un respiro.
Qué decir ya de la obligada caminata por Av. Amsterdam, empeñada en revivir recuerdos de los años maravillosos donde uno se siente conquistador del mundo completo y lo puede todo, que más bien le hacen ver a uno que no se es más esa wonderwoman aniquiladora y que uno se convirtió más bien en una especie de Peter Parker femenino que se debate entre sus miedos, sus limitaciones y medio encara las realidades del tiempo presente.


Paso a paso, observo a la gente y me siento más bien como un fantasma que deámbula por las calles de esta magna ciudad. Podría jurar que paso completamente desapercibida.



Estoy quedandome en casa de un amigo que vive al sur. Sinceramente uno no da un peso por el barrio y tampoco daría un peso viendo solo la fachada del Num. 101 de la calle ubicada en la colonia del Olivar, casi casi llegando a Tetelpán... pero este amigo tiene el don de transformar los lugares donde vive y trazar un punto y aparte al cruzar la puerta.





Me llama la atención que viviendo por estos barrios, él siempre se caracteriza por escoger habitats con las ventanas panorámicas que dejan ver grandes porciones del Distrito Federal y eso me gusta mucho, sobre todo para perderme en la contemplación temprano por las mañanas y ya anocheciendo.

La Ciudad de México tiene sus encantos, ocultos, pero los tiene. Es el corazón... el gérmen de todo el país... lo ha sido desde miles de años atrás. Nadie le puede quitar ese derecho.
Ese amigo- quien desde que abrí este blog me pidió que no mencione su nombre y quien en verdad es mucho más que mi amigo, pero por alguna razón escribo de él y me sale sólo llamarlo así: amigo; tuvo a mal prohibirme que continuara una amistad con su mejor amigo... vaya... y quizá tuvo razón, pero acaso fue la forma o el argumento el que le falló. De entonces habíamos pasado como un mes sin llamarnos, sin escribirnos, sin enviarnos gsm´s... sin vernos; pues cada que hay oportunidad, él viaja a mi ciudad, o yo vengo a la magna Tenochtitlán. Sí, desde que regresó de Argentina, y mi hijo y mi madre viven conmigo, nuestra relación se ha tornado extraña en ese sentido.
Pasamos el lunes, yo en su casa recuperandome de la desmañanada y él fuera en el move citadino. El martes urgando entre sus libros y cosas, di con ese libro de astroantropología que literalmente cayó en mis manos. Comencé a leerlo y es la hora que no he parado de encontrarme entre sus páginas. Nada es casualidad.
La tranquilidad de Olivar, el constante "Om" que produce el ruido citadino desde acá arriba y mi mood me han llevado a esto. He descubierto culpas que llevo a cuestas quizá a razón de una formación inconsciente dentro del Catolicismo. Religión que no profeso, creo que desde que me desencanté en mi Primera Comunión y que tras haber recorrido varios caminos de fe, no se han borrado del todo. Pero que he descubierto en esta semana.




Una de ellas creo es "haberme divorciado"... la culpa a cuestas más bien tiene que ver con el hecho de "haber fracasado" con lo que se esperaba de mi como mujer en mi casa y esto viene a colación porque no sólo "mi amigo", sino otros amigos y amigas me han comentado que desde que llegó mi mamá a vivir conmigo, cambié, y en el caso concreto de... ¿cómo llamarlo?... ¿acaso se molestaría si publico uno de sus apodos íntimos?... bueno, en el caso concreto de él, coincido en sentir una gran incomodidad si viene a mi casa y queremos estar, ni siquiera juntos, simplemente estando en la mesa mateando con mi madre, me rompe la estabilidad y me siento muy incómoda. Estoy conscientizando eso y queriendo trabajarlo -sí, he asistido a varias terapias psicológicas, de repente por eso puedo estar escribiendo así.
A razón del mal entendido de su derecho por encelarse y el mío, de molestarme por creer que quería controlarme de forma machista, eligiendo mis amistades y relaciones, estuvimos toda esta semana como huyendo uno del otro.
Las cosas empezaron a medio transformarse la noche del 14... nop... más bien a razón que vimos a una amiga mutua que yo tenía rato sin ver... y vaya... fue placentera la velada. Pero curiosamente no había habido ningún acercamiento físico desde el lunes, algo más que no haya sido el saludo y el abrazo de bienvenida en la estación de Observatorio... o algunos roces por la noche mientras compartíamos la misma cama.
Fue hasta ayer que vimos la luz, por decirlo de alguna manera. No sé cómo pasó, pero simplemente empezamos a hablar sobre eso que él temía -raro en él, pues realmente es un chavo seguro de sí mismo, ¡por eso me encanta!.... y lo que me incomodó a mi de la prohibición de amistades... finalmente arreglamos las cosas y fue como si la energía esa linda que normalmente tenemos, regresara a nosotros. Lo demás sobra decirlo.
El caso es que hoy es un nuevo día porque volvimos a ser uno y volvimos a tomar costumbres propias que disfrutamos mucho como levantarnos temprano y salir a caminar, disfrutando de los pocos toques con la naturaleza que da esta gran ciudad.
Mi día es perfecto cuando puedo compartir su inicio con alguien que amo como lo amo a él y sigue siendo perfecto si tengo la "bendición" de salir y sentir el aire frío acariciando mi piel, el sol saliendo y coloreando el cielo... escuchar el despertar del barrio, de la gente, la vida de un día más. Fuimos al mercado que está cerca de su casa... se maravilla porque ya, a tan solo cuatro días de estar ahí, varios "marchantes" ya me saludan con familiaridad, en especial el de las verduras y la de la carnicería: "¡Ah, la chefa!, comenta satisfecho. Nos sorprende que aún no se ponen los vendedores de flores y terminamos comprando atole de arroz y tamales de rajas co queso. Me dice él "en el norte de argentina también hacen tamales".




Me acuerdo que ayer fue cumpleaños de mi papà y que tendría 69 años si viviera, le comento lo bien que me siento al recordarlo y no sentir más esa tristeza que sentía antes. Creo que el luto se ha ido... lo que sí, le digo a él es que uno aprende a vivir con el vacío de la persona, que te resignas a que no esté más,pero parece que nunca lo aceptas. Él me dice que así es.






Mañana regreso a Querétaro. Estoy en paz.