El párrafo inicial de la primera novela de David Miklos "La piel muerta", México, Tusquets, 2005, Andanzas; me dejó helada. Helada porque me recordó esa misma sensación cuando recibí del cremador el pequeño paquete con las cenizas de mi viejo, (15 de julio de 2001). Quise detenerme y no leer más por temor a sacar cosas que están latentes, pero que no tengo intención de remover y, sin embargo, seguí. Sonreí con el remate irónico igual que mi propia historia: mi hermano y yo, solemnes recibiendo la bolsita de cenizas. Mi hermano la toma, la ve y como si fuera papa caliente, me la echa en las manos. Miro la bolsa. Aquí se resume mi padre -pensé.Dentro del carro, le doy la bolsa a mi hermano -5 años mayor que yo- y me pregunta: ¿Dónde la pongo?. Lo miro y en su cara veo desconcierto, tristeza y una confusión moral... le digo: Échala atrás. Me mira como si le estuviera faltando al respecto a algo sagrado. Para mi, esa bolsa entonces no era más que polvo. El alma de mi padre deambulaba ya en otra dimensión. A nosotros nos entregaron la bolsa recién salida del horno del crematorio, la realidad no fue tan poética como en el libro de Miklos, todavía tuvimos que ir a comprar la urna. Y ¿dónde compra uno esas cosas? ¿Era correcto dejar las cenizas en su bolsa transparente esperando en el asiento trasero mientras entrabamos a la tienda departamental? o, ¿deberiamos llevarla con nosotros?...La urna duro como 5 días en la chimenea de la casa acompañada por las hermosas gladiolas blancas. Mi madre prometió dejármela, mas un medio día llegué a "vistarlo" y la urna se había ido sin despedirse de mi.En un lugar parecido a Puerto Trinidad- donde no pasa nada en apariencia-, sus cenizas fueron arrojadas al mar -pienso- esa noche los peces comieron el carbon de un acuarelista tres veces galardonado con el Tlacuilo de Guati Rojo.Y al paso de estos casi cuatro años el hueco que ha dejado entre nosotros no se puede llenar con nada. La sonrisa de mi hijo o un gesto en mi rostro hace más fuerte mi añoranza y entiendo que ese dolor no se quita, mas se aprende a vivir con él. Y por lo poco que sé de Miklos asumo que algo de su propia realidad se deja entrever por la neblina de lo posiblemente imaginario.